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Full text of "Mariano Soler La Iglesia Y El Estado"

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LA IGLESIA 


EL ESTADO 


MARIANO SOLER 



^ON W1D£0 

TIPOGRAFÍA DE «'.EL BIEN PUBLICO» 
SALLE DEL CERRtTO, 84 


1880 





« En toda República bien ordenada , el primer 
« cuidado debe ser establecer en ella la verdadera 
« Religión. 

Platón , pol. 1. 2.» 


i 

Lo hemos repetido antes, el Racionalismo no es la 
filosofía. Por eso cual fautor del espíritu de increduli- 
dad é indiferentismo ha proclamado como principio 
social que el Estado debe ser ateo , no teniendo reli- 
gión nacional; mientras todos los grandes filósofos 
han enseñado como la verdad mas trascendental en 
política, el hermosísimo apotema de Platón : En toda 
República bien ordenada el primer cuidado debe ser 
establecer en ella la verdadera religión. 

Y quien pondrá en duda la necesidad de afianzar só- 
lidamente en los pueblos el principio religioso, cual 
condición indispensable para la sociabilidad como 
afirmara el filósofo romano? Un pueblo sin religión, 
como desgraciadamente lo atestigua la historia, se 
sumerge en la corrupción y retrocede al estado salvaje; 
quitar la religión es mas aun, es organizar la peor de 
las barbaries. De nada valen sin religión el precario 
progreso de las luces, de las ciencias y de las artes, 





porque hemds aprendido á la luz de la historia para 
nunca olvidarlo, que la cultura sin las buenas cos- 
tumbres, el ingenio, el talento sin religión, lejos de 
ser el sosten de los Estados, causan su ruina y llegan 
á ser mas funestos que la mas estúpida ignorancia. 
Del sistema racionalista en religión han nacido el so- 
cialismo, la internacional y la comuna que están con- 
turbando á los pueblos civilizados, cual hordas salva- 
jes empujada* sobre las naciones para tremendos 
castigos. 

Y la antigüedad no nos dá también inolvidables lec- 
ciones? 

Ahí están esos imperios gigantescos que mayores 
no contempló la historia, el de los Asirios, Griegos y 
Romanos; y de ellos qué nos quedan, sino tristes re- 
cuerdos, memorias funerarias y una terrible lección?.. . 
Acabaron por rendirse á su enorme pesadumbre cuan- 
do Babilonia, Roma y Atenas no tuvieron mas que irri- 
sión para sus divinidades, esto es, cuando menospre- 
ciaron la religión. Esto nos dice la historia, maestra 
de la verdad. 

a 

Y esos hombres eminentes que aparecieron sobre la 
tierra para dictar leyes á la humanidad, esos sabios 
legisladores de las naciones, ¿pensaron acaso que po- 
dría fundarse una sociedad sin religión? Nunca jamás: 
creyeron que la piedra fundamental del edificio social 
era el culto religioso, pero público , oficial , naciohal, 
que de otra manera no representa la sociedad. Este 
fué el pensamiento de Solon en Atenas, de Licurgo en 
Lacedemonia, de Seleuco éntrelos Locrios y deNuma 
en la antigua Roma: este el pensamiento de Dracon, 
Arquitas. Minos, Pitégoras, Coronda, Mida, Platón, 



Confucio, Amasis, Osiridis, Manco-Capae y el gran 
Washington; y convienen todos en afirmar con Plu- 
tarco: que mas fácil seria alzar un edificio en el aire 
que un Estado sin religión ; cuando decía: 

«Recorriendo el Universo se hallarán ciudades sin 
murallas, sin letras, sin rey, sin plazas, sin haberes, 
sin monedas, sin escuelas, sin teatros; pero una socie- 
dad sin templos y sin dioses ni se vid ni se verá 
jamás. » 

De los filósofos mismos mas despreocupados en reli- 
gión y aun completamente incrédulos, apenas habrá 
alguno que no la renozca, al menos como un vínculo 
social indispensable, y como un medio político de que 
no se puede prescindir. 

«No se fundó jamás; dice Rousseau, un solo estado, 
al cual la religión no sirviese de base.» 

Maquiavelo: «la religión es causa de la grandeza de 
los estados, así como el desprecio del culto divino es 
el origen de su ruina.» 

Lalande: «la religión es necesaria, aunque nó fuese 
mas que como un esta blecimiento político». 

Espinosa: «mejor que el pueblo cumpla sus deberes 
por devoción, que por temor.» 

Baile: «la sociedad no existe sin el vínculo de la re- 
ligión, y jamás los súbditos son mas obedientes que 
cuando al propósito interviene el ministerio de la di - 
vinidad.» 

Diderot: «la religión ha de ser la primera lección 
y la lección de todos los dias.» 

Montesquieu: «es de notarse el que la religión que 
solo se propone la felicidad de la otra vida, hace tam- 
bién la dicha de la presente.» 



Ilume: «Buscad un pueblo sin religión; si lo halláis, 
estad seguros que no se diferenciará mucho de las ñe- 
ras.» 

Yoltaire: «Filosofad cuanto queráis; pero si teneis 
una aldea que gobernar esta debe profesar una reli- 
gión; debe haberla donde quiera que hay sociedad.» 

No podría cerrarse mejor esta reseña de Legis- 
ladores, filósofos y sábios que concuerdan en atri- 
buir á la religión un carácter eminentemente social 
y político que aduciendo al final, las autoridades 
ilustres de Mirabeau y Napoleón. 

El primero se espresa asi: «confesamos á la faz de 
todas las naciones y de todos los siglos, que Dios es 
tan necesario á las Francia, como la libertad de los 
pueblo y por esto plantamos la augusta señal de la 
cruz en la cima de todos los departamentos; no se nos 
impute á delito el último recurso para levantar el 
orden público.» 

«La experiencia de diez años, dice Napoleón, me ha 
enseñado ser necesaria una religión para el bien- 
estar de todo gobierno, y la historia de diez y seis 
siglos me ha convencido que la religión católica es la 
única que convenga. 

Y mas preciosas aun son las memorables palabras 
del ilustre fundador de la nacionalidad norte-ameri- 
cana Washington : La religión y la moral son las bases 
del bien público, y en vano exigiría los elogios debi- 
dos al patriotismo quien intentase desquiciar esos dos 
grandes apoyos de la felicidad humana pero la ra- 

zón y la experiencia no permiten lisongearnos de que 
la moral pueda tener la f uerza que le es propia sin los 
principios religiosos. 



— 7 


Qué lecciones hermosas para aprendidas por esos 
modernos legisladores que, al hacer ateo al Estado, 
han quitado la base mas firme del edificio social! 
Qué diñan esos padres augustos del templo de las le- 
ves, si evocados de la tumba, escuchasen los princi- 
pios de ateísmo oficial proclamado por los libre-pen- 
sadores!.... ¿Ni que extraño puede ser que en los 
pueblos donde se desprecia la religión padezca la 
moral, y al bajar el termómetro religioso suba el ter- 
mómetro de la corrupción y del indiferentismo ? 

II 

¿Y qué nos dice la razón sobre tan importante asun- 
to de vida ó muerte, de grandeza ó de ruina para 
las sociedades? Que el elemento religioso, la religión, 
el culto público, es eminentemente social; y dice mas 
aun, dice que ia religión en el Estado, debe ser ofi- 
cialmente acatada, y respetada como el mas bello 
timbre nacional, como la mas imperiosa necesidad so- 
cial y el mas hermoso floron de los pueblos cultos y ci- 
vilizados. 

Yamos á exponerlo siquiera sea someramente. 

Dios destinó el hombre á la perfecion: su deber fun- 
damental es el de civilizarse, esto es, perfeccionarse 
en todo su sér, facultades y relaciones físicas, inte- 
lectuales, morales y religiosas. Mas el hombre por 
sí misino no puede realizar este destino sublime; sus 
fuerzas individuales son muy limitadas; necesita vivir 
en sociedad; es por naturaleza sociable, y hé aquí el 
título de legitimidad de las sociedades humanas: son 
una ley de naturaleza, no son una invención del hom- 



bre. La sociedad es instituida por el Creador, por 
la ley natural, con sus leyes fijas y necesarias, que de- 
terminan su esencia, su fin y su obgeto, hermoso por 
cierto y digno del ser racional y que forman la base de 
todo pacto social. 

Por tanto, la perfección social, el bien público, la 
perfección del Estado, ¿en que debe consistir no sien- 
do mas que un ser moral destinado para labrar y 
obtener la perfección de sus miembros, que son los 
hombres? En el mayor bienestar, en la mayor ilustra- 
cion y mayor moralidad posibles para el mayor nú- 
mero posible de ciudadanos é individuos. Hé aquí 
el principio fundamental y supremo del derecho pú- 
blico: lo que determina los deberes y derechos de los 
gobiernos y legitima la esfera de su acción social: 
siendo por tanto la misión y deber supremo de la so- 
ciedad y del Estado, que la representa, tutelar estes 
tres bienes sociales. 

Y de esta ley fundamental se sigue lógica é irresis- 
tiblemente que la sociedad, el Estado ó el principio 
de autoridad que la representa, asi como debe oficial 
y socialmente procurar el fomento y sosten de la ilus- 
tración, del bienestar y moralidad pública, debe tute- 
lar la religión, el culto público, sobre todo siendo la 
religión el fundamento de la moral, puesto que al de- 
cir del ilustre Washington: la razón y la experiencia 
no permite lisonjearnos que la moral pueda tener toda 
la fuerza que le es propia sin los principios religiosos. 

Esta misión, pues, tiene todo gobierno que legítima- 
mente represente los intereses sociales, bajo pena de 
faltar al mas sagrado de sus deberes; á no ser que se 
pretenda negar que la religión es un bien y un derecho 



— 9 — 


mas sublime para el hombre que el progreso material, 
moral é intelectual. 

Y dice mas la razón, dice que es mas necesaria para 
la sociedad la tutela social del principio religioso que 
la de ningún otro bien. 

Sí ; el sentimiento religioso es lo que mas necesita 
la tutela social, porque siendo el mas importante y 
esencial al espíritu humano, es también el mas ex- 
puesto á extinguirse <5 á degenerar abandonado á los 
simples esfuerzos individuales. Porque, ¿cómo po- 
drá el común de los individuos hacer por sí los estu- 
dios y esfuerzos necesarios para el convencimiento de 
las verdades, preceptos y dogmas, no ya de la reli- 
gión revelada sino de la natural simplemente? Desma- 
yan, y entonces la ignorancia, las pasiones y el mal 
ejemplo, conducen á los individuos al excepticismo, á 
la incredulidad y al fanatismo. 

La religión no es solamente cuestión individual, 
mas también social y política al mismo tiempo. Social 
porque no puede ponerse en duda ni por un momento, 
cuanto influye en la suerte de las sociedades huma- 
nas, ya coadyuvando poderosamente á su desarrollo, 
perfección y prosperidad, ó bien por el contrario, 
siendo causa del estacionamiento, el retroceso y la 
barbarie. 

De lo primero, pueden servir de ejemplo los pueblos 
europeos y americanos, que bajo la ejida bienhechora 
del cristianismo han alcanzado el mas alto grado de 
civilización en términos, que hoy es lo mismo decir 
pueblo cristiano, que civilizado; de lo segundo esas 
grandes naciones Asiáticas, que sumidas en el pa- 
ganismo, 6 dominadas por el Mahometanismo, exis- 



— 10 — 


ten privadas de toda libertad y no dan un solo paso 
en el sentido de su mejoramiento. 

Allí está también en la misma Europa la Turquía, 
comprendiendo gran parte de la Grecia, ese hermoso 
pais de la poesía y de los recuerdos, cuna de las cien- 
cias y de las artes, con su bella Constantinopla, la perla 
del Oriente, capital del antiguo mundo civilizado, caí- 
das bajo el imperio, primero del cisma y después de 
la cimitarra y el Coran, no pueden levantarse de su 
humillación y abatimiento. 

La base de toda sociedad humana, y de todo estado 
político es la moral, pues es la que forma las costum- 
bres sin las cuales son inútiles Jas leyes, y que no se 
concibe, ni subsiste sin el apoyo de la religión, va- 
riando también con esta, desde la moral purísima del 
Evangelio hasta la corruptora y sensualista de 
Mahoma. 

Es una verdad histórica: la religión es ala civiliza- 
ción de los pueblos, lo que la causa principal es a sus 
efectos. 


III ' 

Si queremos convencernos de la influencia política 
y social de la religión, estudiemos la historia de la 
revolución Norte Americana y comparémosla con la 
nuestra, tratando de indagar porque causa las institu- 
ciones liberales ban dado allí tan grandes resultados, 
cuando entre nosotros no han producido mas que de- 
sórdenes, anarquías y guerras civiles. 

La verdadera causa de esta diferencia consiste prin- 
cipalmente en el espíritu religioso del pueblo norte- 



— 11 — 


americano, heredado de los puritanos y cuáqueros, 
fundadores de las primeras colonias, conservando 
cuidadosamente durante la revolución, y reflejado sin 
excepción en sus hombres mas notables, desde Was- 
hington hasta Lincoln. 

Este espíritu religioso es el que ha producido el pa- 
triotismo y las grandes virtudes del carácter america- 
no, que han hecho posible el gobierno libre, y operado 
los milagros de la democracia; mientras nuestra re- 
volución plagiaría de la francesa en sus ideas de ateís- 
mo é impiedad de que se hallaban imbuidos muchos 
de sus prohombres, habiendo divorciado la causa dé 
la libertad, de la religión, no pudo dar un paso sin 
estraviarse; después de trinnfar, fue impotente para 
fundar el Gobierno del pueblo; y las instituciones li- 
bres que planteó, no produjeron sino egoísmo, mise- 
ria y corrupción, el socialismo y la comuna. 

Pero vamos á considerar una objeción á la doctrina 
que venimos sosteniendo. 

Se nos observa que la gran República de los Ésta- 
dos-Unidos de Norte América es el modelo, por su 
Constitución, de las demás naciones; y allí no hay re- 
ligión de Estado. 

La autoridad de la Constitución Americana es gran- 
de para nosotros, lo confesamos; pero en esta parte 
tiene en su contra la opinión de casi todo el mundo 
civilizado, pues las demás naciones con muy rara ex- 
cepción, en sus respectivas constituciones declaran 
ante todo cual es la Religión que profesan y ordenan 
en seguida al gobierno que en ellas establecen, pres- 
tarle toda su protección. 

Por otra parte la historia nos demuestra, que al 



constituirse el pueblo norte-americano, se encontró 
en condiciones especiales, que nos explican muy bien 
el silencio de su constitución en punto á religión. Ese 
pueblo debía componerse de muchos Estados inde 
pendientes que por medio de un acuerdo voluntario, 
trataban de crearse un gobierno común sin renunciar 
enteramente á su autonomía, y para arribar á ese re- 
sultado era necesario ir pactando sucesivamente so- 
bre las dificultades que se presentaban. 

La mas grave de todas, si la hubiera afrontado, ha- 
bría sido sin duda la de la religión que debería adop- 
tar laNacion, porque divididos los Estados en una gran 
variedad de sectas protestantes, aquella cuestión so- 
bre la cual no se podía transar, habría sido la manzana 
de la discordia, sin obtenerse jamás solución alguna, 
que no era posible siquiera, en razón de que cualquie- 
ra de las sectas que se hubiese intentado hacer preva- 
lecer, hubiera sido rechazada, de seguro, por todas las 
otras, que mancomunadas contra ella, habrían forma- 
do mayoría de votos. 

En una situación tal, no quedaba mas que un parti- 
do y ese fue el que se siguió por necesidad y no por 
conveniencia: el de obviar la cuestión por medio del 
silencio; y puesto que los estados particularmente ha- 
bían de subsistir, reservarles resolver en esta materia 
cada uno por si, lo que creyese más acertado. 

Asi lo verificaron en efecto: los unos separando en- 
teramente la Iglesia del Eslado, la política de la reli- 
gión; los otros estableciendo un culto oficial y una re- 
ligión dominante; por lo menos un símbolo religioso 
ó una fórmula de juramento, como condición indis- 
pensable para el ejercicio de ciertos derechos politi- 



— 13 


eos, sin que se haya dudado jamás de la competencia 
de los Estados para estatuir en esta materia. Todos 
ellos adoptaron la tolerancia, pero, concretándola so- 
lamente á las diversas comuniones cristianas, en que 
se hallaban divididos. 

Ahora, preguntamos; ¿Qué tienen de análogas las 
circunstancias en que se constituyó el pueblo de los 
Estados-Unidos y que le obligaron á obrar de la ma- 
nera referida, con las de nuestro país? 

¿Existen aquí por ventura esas diversas religiones? 

Acaso la religión de la gran mayoría de los orien- 
tales no es la Católica, como lo era de nuestros pa- 
dres? 


IV 

¿Y que valor tiene ante la razón el principio de 
los utopistas incrédulos cuando afirman que el Estado 
debe ser ateo porque no puede imponer la religión 
á los ciudadanos, á los pueblos, y que para no impo- 
nerla lo mejor es que no exista religión alguna de 
Estado? 

Semejante argumento no es mas que un error pal- 
mario y un sofisma vulgar. ¿Cual es sino el principio 
fundamental de derecho público? Este, que es her- 
moso: «Los pueblos no son para los gobiernos, sino 
los gobiernos para los pueblos,» que aplicado al pro- 
blema religioso se convierte en este otro: «Los go- 
biernos como gobiernos , representando la voluntad 
nacional, deben tener y tutelar oficialmente la religión 
que profese el pueblo, y no la que ellos quieran impo- 
nerles.» 



— 14 — 


Si 1.a nación no tiene religión dominante, ninguna 
debe tener el gobierno como gobierno. Pero si la 
nación no se encuentra en tan doloroso estado, si pro- 
fesa una religión, esa debe tutelar el Estado; y esto 
aunque existan disidentes en su seno, porque la na- 
ción es oficialmente lo que es su mayoría y no lo que 
sea su minoría: esto es de consentimiento universal, 
pues se llama ilustrada , valiente , una nación si lo es 
el mayor número, aunque en su seno existan igno- 
rantes y cobardes. 

Y no se diga que esta teoría es absurda; porque solo 
así es como se representa la voluntad nacional, aun- 
que haya quienes se opongan á la sanción de una ley. 
¿Acaso todas las leyes se sancionan por unanimidad? 

Y adviértase que no afirmamos que la mayoría bas- 
te para dar el carácter de verdadera á una religión, 
y sí solo para el de nacional ; así como tampoco la 
mayoría da á una ley el carácter de legítima intrínse- 
camente, aunque sí para ser tenida como voluntad 
nacional. 

Ni se crea tampoco tratándose de la conciencia 
que esta teoría conduce á imponer la religión á quien 
no cree en ella; pues religión de Estado no quiere de- 
cir que deba obligarse á nadie á aceptar una religión 
que creé falsa, sino lo que dice Vattel en su Derecho 
de Gentes, que «cuando existe una religión y es reco- 
nocida por la ley, el Gobierno debe protegerla y cui- 
dar que sea fielmente observada en todos sus actos 
públicos y castigar á aquellos que osan atacada 
abiertamente y perturban su ejercicio. 

¿ Qué diriamos de un gobierno que se abstuviese de 
tutelar los deberes y derechos consignados en el pac- 



to social de un pueblo, so pretexto de respetar las 
convicciones de una minoría que creyese defectuosa 
esa constitución y absurdos los derechos que con- 
signa? 

Es pues lejítima, muy conforme con los principios 
del derecho público, sumamente útil y esencialmente 
necesaria la religión del Estado para la grandeza, 
moralidad y adelanto de los pueblos; y la República 
Oriental tiene el orgullo y la gloria de profesar la re- 
ligión verdadera, no inventada por ingenio humano 
sino revelada por el mismo Dios, resplandeciendo en 
ella el sello de su divinidad por el solo hecho glo- 
rioso de ser la única que ha legado la mas hermosa 
civilización con que se honran los pueblos; y es evi- 
dente que una religión falsa no podría haber atra- 
vesado incólume diez y nueve siglos 'de persecucio- 
nes y hacer confesar á la historia que donde ella ha 
reinado ha florecido la civilización, permaneciendo, 
en la barbarie los pueblos que ella no enseñó. 

No en vano esos héroes que nos dieron patria y 
constitución, consignaron en la Carta Magna de nues- 
tros deberes y derechos políticos y civiles, que la reli 
gion católica es la religión del Estado. 



La religión de Estado 


u sus lalaciones con la libertad de cultos y de eoncieneia* 
la tolerancia civil y el bien social 


La religión de Estado es una gran perfección 
social. 

Lo hemos demostrado hasta la evidencia. 

Como orientales y como católicos aplaudimos con 
todo el entusiasmo de patriotas y con toda la sin- 
ceridad de nuestra alma el artículo 5.° de nuestra 
constitución; es una gloria de nuestros constitu- 
yentes. 

Ese artículo sin embargo se ha atacado como aten- 
tatorio de la libertad religiosa ; vamos, pues, á defen- 
der la Constitución. 

En el artículo 5.° ven los sectarios disidentes y los 
racionalistas de todos géneros vilipendiada la libertad 
religiosa. 

Pero nada de eso existe: está consignado un her- 
moso, progresista y benéfico principio social. 

No es hacer de Ja religión un elemento, una má- 
quina política: es consagrar con la religión de Estado 
un adelanto de los pueblos en el órden religioso; 
elemento sublime, palanca colosal de la civilización 
de las naciones. 

El decir que la religión de Estado coarta la liber- 
tad porque regla el culto público y nacional, ©s lo 
mismo que afirmar que la legislación, el sistema de 



- 17 - 


leyes que reglan las relaciones públicas y nacionales, 
matan la libertad individual, porque se impone al in- 
dividuo una norma al ejercicio de sus deberes y de- 
rechos. Solo dejaría de haber religión nacional, cuan- 
do la mayoría de una nación no estuviese de acuerdo 
en sus creencias; como no podría tener legislación si 
no conviniese en leyes comunes, 

Pero entremos en materia. 

I 

Tiene el espíritu humano un atributo sublime que 
le asemeja á la divinidad: Dios se lo otorgó al hombre 
para hacerle rey de la creación visible; sin él la huma- 
nidad no seria digna de este nombre: seria un sol co- 
locado en medio de la naturaleza sin gloria y sin ho- 
nor. Este atributo augusto, esta prerogativa hermosa 
y divina que constituye la personalidad moral del 
hombre, es la libertad, base de la civilización, condi- 
ción del progreso y augustísimo anatema de los pue- 
blos fatalistas. Negada la libertad viene el fatalismo; 
y el fatalismo hace imposible la civilización; sino hay 
libertad en la actividad humana, el perfeccionamiento 
moral, intelectual y material que constituye la civili- 
zación es una utopía; es en vano que la humanidad 
haga esfuerzos sublimes para coronarse de gloria 
por arribar á esa montaña sagrada que se llama civili- 
zación: el desarrollo de su actividad es fatal: no hay 
mas que arriar velas y abandonarse en los fatídicos 
brazos del hado: no hay mas que vegetar. ¿Quiérese 
un ejemplo doloroso que escuna lección terrible? Míre 
se el Oriente: permanece inmoble como el hado; duer- 

2 



me un sueño profundo de corrupción y atraso. Muere 
por falta de libertad. 

Pero hay mas; ninguna institución social seria posi- 
ble negada la libertad: ¿podrían acaso existir los go- 
biernos? ¿no seria un sarcasmo la legislación? Las le- 
yes morales, ¿que serian? ¿Como prohibir al hombre lo 
que no puede evitar? ¿Cómo ordenarle, aunque sea su 
perfección, si el hado es el qUe mueve su mano, inspi- 
ra su corazón é ilumina su inteligencia? No neguemos 
con el panteismo y el atrabiliario Lutero la libertad del 
hombre. En nombre de la dignidad humana lancemos 
con la Iglesia Católica un terrible anatema á cuantos 
se atrevan á despojar la humanidad de su prerogati- 
va augusta y sagrada: la libertad. 

Y si esto es innegable, ¿no es también innegable la 
libertad de cultos ? «Pongo por testigo los cielos y la 
tierra,— -decía Moisés en nombre de Jehováal pueblo 
de Israel, — que os he propuesto el bien y el mal; en 
vuestras manos está la elección.» ¿Y quien puede ne- 
gar la facultad que tiene el hombre de elegir el culto 
que ha de tributará su Dios? Si no fuese libre no seria 
meritorio; no merecería premio ni castigo. 

La libertad de cultos es, pues, una facultad del es- 
píritu humano, una condición de la moral y de la reli- 
gión: es una vulgaridad que no necesita prueba; es 
instintiva y espontanea en la conciencia del hombre. 

Pero hay mas; hay que distinguir entre libertad de 
cultos, libertad de conciencia y tolerancia civil y polí- 
tica. La libertad de conciencia, en cuanto significa el 
principio general del derecho divino y humano de no 
obligar á nadie á abjurar sus creencias para seguirlas 
que nosotros profesamos, ni violentar las conviccio- 



nes ajenas forzándole á prestar un culto que reputa fal- 
so, es una máxima filosófica y cristiana; como seria 
medida de suma prudencia política y un deber en los 
gobiernos* la tolerancia civil permitiendo los diversos 
cultos establecidos* por evitar un mal mayor en so- 
ciedades profundamente convulsionadas y divididas en 
ideas y creencias religiosas; pues que aun cuando no 
se reconoce derecho al error porque no puede haber 
derechos inmorales, se le tolera solamente como le 
tolera el mismo Dios. 

Sin embargo de ser esto evidente necesita explica- 
ciones, por la anarquía que existe en el significado de 
las palabras que no salvan malas interpretaciones. 

Se ha dicho que la libertad de cultos es una conquis- 
ta del siglo XIX. Y esto es verdadero y es falso: es 
falso en el sentido indicado mas arriba. ¿Cuándo ha 
negado el catolicismo la falcultad que nos ha dado 
Dios de elegir el culto y la religión como condición de 
la imputabilidad? La libertad de cultos como una fa- 
cultad es innegable, es la condición de la moralidad 
de los actos religiosos. El siglo XIX, sin embargo, ha 
afirmado una proposición que ha negado el catolicismo 
porque lo niega la suma filosofía. No solo se ha afirma- 
do que tenemos libertad para elegir el culto, la reli- 
gión; se ha dicho mas; se ha proclamado por los par- 
tidarios de la moral independiente, para quienes la li- 
bertad es el derecho, que la libertad de cultos es el de- 
recho de elegir la religión que mejor nos plazca, sea 
verdadera ó falsa. Pero, ¿quién ignora que tenemos la 
libertad de hacer el mal con la obligación de evitarlo, 
y que el mal no es un derecho sino un crimen? 

Confunden los libre-cultistas la libertad con el de - 



recho ; error grosero en que se funda la moral inde- 
pendiente. La libertad no es el derecho. Es indudable 
que el hombre tiene libertad natural de cultos; pero 
esta libertad es una mera facultad , un atributo moral 
del hombre, no un derecho. El hombre tiene, por su 
naturaleza misma, la facultad ó posibilidad para ele- 
gir el culto que quiera, sea verdadero ó falso; pero con 
esta facultad le impuso la naturaleza el deber ú obli- 
gación de optar por el verdadero, bajo pena de su de- 
gradación; y este deber se lo revela al hombre la 
misma razón natural. El hombre tiene la libertad de 
cultos como tiene libertad para suicidarse, asesinar, 
robar y adulterar. 

Pero, ¿acaso le ha dado derecho la naturaleza para 
suicidarse, asesinar, robar y adulterar? De ninguna 
manera. Si al darme Dios libertad para asesinar, me 
hubiera dado derecho para asesinar, el asesinato no 
sería un crimen, sería un derecho y el castigo un 
crimen. 

¿No es, pues, mengua para la filosofía heterodoxa 
confundir la libertad que Dios nos ha otorgado para 
elegir el culto que querramos, con el derecho de elegir 
un culto falso, cuando El nos prescribe que solo opte- 
mos por el verdadero como único aceptable? 

Ademas la libertad de cultos como derecho supon- 
dría la legitimidad de la -pluralidad de religiones; y 
la pluralidad de religiones supone una imperfección 
social, la existencia de religiones falsas; supone que 
la humanidad al través de diez y nueve siglos no 
ha descubierto aun, ni conocido la verdadera institu- 
ción religiosa, la verdadera religión. El pueblo que 
diga «En mi constitución se ha consignado, como una 



gran conquista política, la libertad de cultos como 
un derecho de pluralidad de religiones», es como si 
dijera: «Reconozco como un gran progreso el indife- 
rentismo legal, el ateísmo civil y político: reconozco 
que para el Estado no hay Dios: que la humanidad no 
debe á su Dios culto público, y que la mejor institu- 
ción, la institución de progreso non plusultra , es el 
ateísmo político y constitucional.» 

II 

Por tanto, la libertad de cultos como derecho es 
una grande imperfección social; porque así como la 
Derfeccion de la humanidad consiste por derecho na- 
tural en profesar la verdadera religión, la perfección 
social en el orden religioso, no puede consistir sino 
en no tener mas religión oficial que una: la verda- 
dera; como la perfección social en el Orden político no 
puede consistir sino llena mejor forma de gobierno: la 
democracia ; por mas que clamasen á voz en grito los 
absolutistas. No seria ridículo que, por respeto á la 
libertad de opiniones, un pueblo que hubiese llega- 
do al estado progresista de comprender que la mejor 
institución y régimen social era la democracia (no 
la demagogia), se abstuviese de consignarlo en su 
constitución porque seria un ultraje á la libertad de 
los ciudadanos que estuviesen por las ventajas del 
absolutismo, ó de la monarquía hereditaria? ¿Habría 
de permanececer sin forma de gobierno? De ninguna 
manera. 

Pues lo mismo raciocinemos con respecto á la reli- 
gión. ¿Ha de permanecer un pueblo adelantado, y cen- 



vencido de la verdad de una religión, sin religión ofi- 
cial ó pública, porque haya ciudadanos que tengan 
convicciones contrarias? De ningún modo. Solo es de- 
ber de la constitución consignar la libertad de con- 
ciencia, como consígnala libertad de pensamiento con 
relación álos asuntos políticos, porque no tiene dere- 
cho á coartar las convicciones de la conciencia del 
ciudadano. Esto es claro, esto es evidente, es derecho 
natural y divino: así lo proclama la sana filosofía li- 
bre de odiosas preocupaciones contra el catolicismo. 

Lo único razonable que con respecto á los cultos 
erróneos cabe, es la tolerancia vivil, como un mal me- 
nor para evitar otro mayor, cuando éste sea por otros 
conceptos irremediable, en el caso de que la sociedad 
esté maleada completamente por esa enfermedad gra- 
vísima que consiste en la pluralidad de cultos, por in- 
dicar que en esa sociedad existe aun el reinado del 
error, como la anarquía en los principios científicos 
indica falta de ciencia verdadera. Si existe anarquía 
de religiones en una sociedad, es deplorabla su es- 
tado; pero no hay mas remedio que la tolerancia ci- 
vil, y para esa sociedad será un bien relativo, como lo 
es hoy dia para los Estados-Unidos, Inglaterra y otros 
países. 

Yo bien sé, y prevengo ya el lamento de los policul- 
tistas: negada la libertad de cultos, dicen, las perse- 
cuciones religiosas serian un derecho, y ¿cómo acusar 
entonces al paganismo que inmoló tantos millones de 
mártires? ¿cómo al protestantismo y al liberalismo de 
la guillotina y el ostracismo de nuestros dias? Su res- 
puesta es muy sencilla; las persecusiones religiosas 
son injustas si son ofensivas , porque á nadie se puede 



23 — 


imponer Ja religión por medios coaotivos sino solo por 
la persuacion; pero las persecuciones religiosas de- 
fensivas son justísimas como es justa la defensa de 
lesa-sociedad. Las persecuciones del paganismo eran 
injustas porque, aun prescindiendo de que eran dirigi- 
das contra la verdadera religión, ultrajaban la libertad 
de conciencia obligando á los cristianos á rendir cuito 
á los dioses, bajo pena del martirio. Las persecuciones 
movidas por el protestantismo y el moderno liberalis- 
mo anti-católico son injustísimas, por que además de 
ser inconsecuentes con su hipócrita principio de liber- 
tad, se arrogaron el derecho de sustituir sus opinio- 
nes á las públicas, menoscabando la religión nació 
nal, y la libertad de conciencia persiguiendo á Jos 
que no creían como ellos. 

Pero además; ¿quien no comprende lo insostenible 
de la teoría de la libertad de cultos, como derecho, en 
sus aplicaciones sociales? Porque si la libertad de 
cultos fuese un derecho y un derecho natural, siendo 
este superior á toda autoridad humana, ¿no sería con^ 
secuencia legítima no poderse prohibir el culto de 
Sivah, por el cual su sectario cree que el acto mas 
agradable á Dios es la estrangulación de un hombre; 
ni el mormonisnio que en nombre de su religión cree 
obligatoria la poligamia; ni la religión délos Husitas 
que abominaban toda gerarquía social; ni el culto de 
Príapo, de Venus y Mercurio, los sacrificios humanos 
en Cartago, Asiria, en las Galias y hasta en Méjico, 
puesto que se supone que todos tienen no solo libertad, 
sino derecho, para prestar á- Dios el culto que les dicta 
su conciencia? Esto es absurdo; es anti-filosófico y $n- 
ti-humanitario. Luego, de que el hombre tenga líber- 



— 24 — 


tad natural para elegir el culto que debe prestar á 
Dios, no se sigue que tenga derecho para hacerlo del 
mejor modo que le plazca. 

He oido proponer como un argumento irrefutable en 
favor de la libertad de cultos, preguntar si agradaría 
á un católico que en Gonstantinopla, por ejemplo, no 
se Je permitiese el culto público de su religión? No, 
por cierto; pero tampoco le agradarian sus leyes y 
forma de gobierno, y no por eso se seguiría que el 
católico tuviese derecho á infringir las leyes que no 
le agradacen, ni sustituir las que creyese mejores, en 
nombre de la libertad política y civil. 

Pero los gobiernos, se replica, no son competentes 
para imponer una religión oficial. Muy cierto; y por 
eso es que deben respetarla religión nacional. La re- 
ligión de la nación es la quetiene la nación y no la que 
los gobiernos quieren, sustituyendo sus opiniones á 
las agenas; y esto no porque sea verdadera una reli- 
gión solo porque el pueblo la quiera, sino porque no 
se le puede imponer la que él no quiere. Solo hay de- 
recho á convencerle. 


III 

Hoy dia el mundo se encuentra agitado, la Europa 
se conmueve convulsa y no puede estar tranquila ni un 
momento. ¿Y cual es la causa de esta confusión funes- 
ta y de esa inquietud perenne? La falta de unidad reli- 
giosa , la pluralidad de cultos después de la gran uni- 
dad católica. Permítasenos unas breves reflexiones de 
punto tan trascendental y que debieran considerarlo 
profundamente los amantes de la felicidad de los pue- 
blos y de nuestra patria querida. 



La sociedad está en disolución completa, no tiene 
conciencia pública, ni moral universal; hay solo anar- 
quía de opiniones y grandísima corrrupcion en las 
clases sociales. ¿Por que será? 

La sociedad no puede gobernarse con solo el auxilio 
de los recursos humanos, y necesita asentarse en los 
brazos de la religión, como el mas firme y verdadero 
apoyo de la existencia: porque solo la religión domina 
las conciencias y las pasiones, que son el elemento 
destructor del vinculo social. El hombre se diferencia 
del irracional en que no debe obrar por la fuerza sino 
por la conciencia; cuando el pueblo pierde la concien- 
cia, ¿lo sujetarán las leyes? Nó; porque si á la fuerza 
hay que atenerse, mas tienen los pueblos que los go- 
biernos; por eso Cicerón había dicho que «sin religión 
era imposible la sociabilidad, el reinado de la justicia 
y la virtud. Quitada al hombre la conciencia de una 
sanción superior, solo le quedan las pasiones que sal- 
van la sanción penal de las leyes como un yugo omi- 
noso; la historia enteradela humanidad es una.prue- 
ba dolorosa de este aserto: los pueblos sin religión se 
corrompen, y corrompidos se degradan, y en su de- 
gradación sucumben con sus mas robustas institucio- 
nes sociales; díganlo sino la sabia Atenas y la pode- 
rosa Roma, 

Y falta la religión cuando en un pueblo se respetan 
públicamente todas las religiones; porque no teniendo 
convicciones y ciencia superior, admitiendo todas las 
religiones, á todas las reputa como buenas, y de aquí 
se desprende lógicamente que si todas son verdaderas, 
todas son falsas; que si se acogen todas, se puede po- 
-■ sar sin ninguna por que la bondad es una, porque la 



verdad es una. Y no se está viendo como con mengua 
de la civilización, invade nuestras sociedades junta 
con la irreligión la corrupción de las costumbres! 

Y no se diga que los Estados-Unidos son prósperos 
por la libertad de cultos: los Estados-Unidos serian 
mas felices aun, si Ja unidad religiosa fecundara ese 
hermoso país. Ay! del dia en que lleguen á estallar 
en su seno fias contiendas religiosas fomentadas por 
la libertad de cultos! Pero los Estados-Unidos cami- 
nan hácia la unidad católica; el catolicismo hace en 
ellos progresos agigantados. 

Yo confio mucho en la lev del progreso: si las socie- 
dades marchan hácia él, marchan hácia el católicis- 
mo: hoy dia sus milagros son las ciencias y las cien- 
cias van marchando y á su paso cayendo esas preocu- 
paciones que en tiempos de oscurantismo podían opo- 
nerse á la religión en nombre de la ciencia. Que dife- 
rencia del siglo pasado! 

Voltaire calumnió la Iglesia y los mas ilustres pro* 
testantes hoy dia dan razón al catolicismo en nombre 
de la ciencia. 


IV 

¿Y cómo no ha de tener simpatías y predilección 
el verdadero progreso por el catolicismo, si recuerda 
los beneficios inmensos que derramó desde su adve-? 
nimiento sobre el mundo entero? No bien aparece el 
cristianismo sobre la tierra cuando predicando igual- 
dad y fraternidad á los hombres, rompe las cadenas 
del esclavo, arranca á la mujer del dominio despó- 
tico del hombre para hacerla su compañera, quita á 



los padres el derecho de vida y muerte sobre sus hi- 
jos, v proclama en voz alta que solo es digno de Dios 
el hombre virtuoso que ama la justicia; él hizo abolir 
el culto licencioso y cruel de los dioses paganos, cesár 
los sacrificios de víctimas humanas, el divorcio, la 
poligamia, los infanticidios legales y aquel derecho 
atroz de la guerra que ponía al vencido á discreción 
del vencedor; enseñando como lema sagrado, que el 
hombre debía ser amante de sus hermanos é indul- 
gente con sus enemigos. 

Poco le importó que el mundo no estuviese dispues- 
to á recibir estas sublimes doctrinas, se difunde bajo 
el disfraz de los misioneros por las llanuras de Siria y 
Armenia; visita con ellos mismos el Japón y el Tong- 
King para instruir á los discípulos de Gonfucio; se in- 
terna con su ayuda en las Antillas, la Guayana y hasta 
en los bosques del Paraguay, y no se olvida de ilumi- 
nar con la luz del Evangelio las comarcas del Indos- 
tan. Ninguno de estos inmensos beneficios, y sí, no 
pocos desastres, han ocasionado en el mundo las de- 
más religiones. ¿Y se nos negará ahora que el colo- 
carlas á la misma altura del catolicismo en las nacio^ 
nes que á él deben su civilización, como la nuestra, 
no es ser marcadamente ingratos por atender á las 
declamaciones de unos cuantos que profesan opinio- 
nes diversas? 

Por último, algunos escritores de economía política 
declaman en favor* de la libertad de cultos porque la 
creen indispensable para aumentar la población, el 
comercio y la industria de los pueblos 

Mas prescindiendo deque no decimos que la unidad 
religiosa debe extenderse á prohibir un culto ya esta- 



28 


blecido y que la población de un pais estara siempre 
en equilibrio con su riqueza, es una verdad indes- 
tructible que la felicidad de una nación no depende 
tanto del número de sus habitantes como de la unión 
reciproca de estos y de su moralidad y virtudes. Con 
esta unión y estas virtudes fueron felices Esparta y 
Atenas y se ensancharon por el orbe antiguo los limi- 
tes de la República Romana; mientras que la corrup- 
ción de costumbres, consecuencia de una población 
heterogénea y de la escesiva opulencia, fue la causa 
principal de la decadencia del Imperio, fue cuando se 
consagró en el Panteón el culto de todas las divini- 
dades. 

Lo repito: la unidad religiosa es la mayor perfección 
social; como la 'pluralidad de cultos un germen eterno 
de división, y manantial funesto de esas guerras de 
religión y esos odios sociales que tantas veces desoía-' 
ron la humanidad. 

Y de todo esto es legítima consecuencia que será 
una gran perfección social la religión de Estado, esto 
es, que la Nación ó su gran mayoría profese oficial y 
públicamente una religión; como será una suma des- 
gracia y una imperfección, el Estado ateo ó sin reli- 
gión nacional. 


V 

Sin embargo, para eludir la obligación social de una 
religión de Estado, se ha distinguido entre deberes 
amplios y los es tr ictos, que tienen por objeto la protec- 
ción de los derechos individuales de parte del Estado. 
Los amplios solo pueden realizarse sin violación del 



derecho ageno; y como á ellos pertenece el deber de 
religión que no puede ser oficialmente social sin per- 
juicio de la libertad individual, deducen los policul- 
tistas que no puede ni debe haber religión de Estado. 

Pero en esta argumentación está envuelto un sofis- 
ma muy vulgar: primero, porque la religión de Esta- 
do no importa lesión á la libertad individual, puesto 
que no se obliga á nadie á tributar un culto que no 
cree legítimo, solo se le impide tributar públicamente 
un culto que no es público ó social; segundo, porque 
con semejante principio ninguna institución social po- 
dría adoptarse sin violentar la opinión agena; las 
constituciones serian una violación del derecho in- 
dividual, si no fuesen aceptadas por unanimidad; 
ninguna ley seria posible si se debiere respetar la 
libertad del que no la cree conveniente. Véase á don- 
de conduce semejante doctrina! Al desquiciamiento 
social y político. 

Ni vale replicar, que con relación á las instituciones 
sociales puede violentarse la libertad individual, por- 
que éstas son necesarias para vivir en sociedad, mien- 
tras no lo es la religión como institución social. Por- 
que la necesidad de la religión social de Estado es la 
primera de todas las necesidades y de todas las insti- 
tuciones sociales y políticas. Esto se deduce de la na- 
turaleza misma de la sociedad. 

Y en efecto: la sociedad constituida es necesaria en 
virtud de la insuficiencia de las fuerzas individuales, 
para el cumplimiento de los deberes que forman el 
perfeccionamiento del hombre en el orden moral, in- 
telectual, material y religioso; este es el título de 
legitimidad de todas las instituciones sociales y á él 



debe ténder la acción social del poder público, déla 
autoridad. Mas como el sentimiento religioso, es el 
mas expuesto á preocupaciones y supersticiones, es 
mas necesaria para la religión qué para ninguna otra 
institución la acción pública social, unificando é ilus- 
trando racionalmente la conciencia religiosa base de 
todos los deberes y derechos sociales? 

Si asi no fuera, ¿con que titulo de legitimidad, fo- 
mentaría el poder público la ilustración, moralidad y 
bienestar material de los pueblos por medio de institu- 
ciones sociales. Y sobre todo es (una verdad incon- 
cusa que es imposible el orden social sin el moral 
y este sin el religioso, última sanción do toda ley. 

Ademas* testigo es la historia, de los funestos resul- 
tados del fanatismo, consecuencia inmediata y nece- 
saria del sentimiento religioso abandonado á las ins- 
piraciones y caprichos individuales ¿No vemos las 
innumerables sectas á que ha dado origen el examen 
individual del protestantismo y las divisiones sociales 
que existen en medio de los pueblos que profesan la li- 
bertad de cultos? 

¡Y cuán absurdo no es afirmar que mas necesaria es 
la policía pública que la religión! Esto es desconocer 
la dignidad y naturaleza del hombre; el hombre como 
el pueblo es ingobernable por la sola fuerza bruta; se- 
mejante gobierno es de las bestias, no de los hombres. 

¿Y qué diremos del triste argumento alegado por los 
adversarios de la religión del Estado, fundado en que 
los disidentes tendrían que contribuir al sostende una 
religión que no profesan ni creen legitima? Que es una 
objeción común contra toda institución social con re- 
lación á los que no la creen legítima, y sin embargo, 



como hay que vivir en sociedad tienen que contribuir 
ásu sosten. Ya lo hemos dicho: los partidarios de la 
monarquía tienen que contribuir al sosten de la repú- 
blica, si es ésta la forma de gobierno adoptada por la 
nación y respetada la federación por los unitarios y 
vice-versa, según la voluntad nacional. 

Con escándalo de las ciencias filosóficas se afirmó 
en defensa de la libertad de cultos, « que el Estado 
debe ser ateo, porque es impersonal. » Pero si el Es- 
tado es impersonal tampoco tendrá voluntad, ni in- 
teligencia, ¿y entonces qué seria de las leyes y de las 
constituciones que representan la persona moral del 
Estado, la voluntad é inteligencia nacionales? ¡Hasta 
dónde llega el extravío de la inteligencia humana 
cuando defiende apasionadamente el error! 

Quede, pues, sentado que la libev'tad de cultos , 
como sinónimo de pluralidadde religiones en la so- 
ciedad, es una gran imperfección social, por supo- 
nerque esa nación, á pesar de encontrarse en el siglo 
de las luces, yace en el caos religioso, profesa el er- 
ror, como quiera que solo una puede ser la religión 
verdadera. 

Solo será un bien social la libertad ó pluralidad de 
cultos, cuando una nación se encuentra sumergida en 
la anarquía religiosa : entonces es un paliativo para 
evitar un mal mayor, ni hay derecho para imponer una 
religión oficial cuando la nación no la profesa. 

Otorgar libertad de cultos donde existe unidad reli- 
giosa, sería lo mismo que abolir la constitución ó uni- 
dad política y social de un pueblo, para que vuelva al 
estado salvaje de plena libertad individual. 


Mariano